Opinión

“Muertos sin sepultura” ¡Oh Dios…!

Tony Raful

(A tres amigos queridos de Narcisazo, Salvador Pérez Martínez (el Pera), Juan Sánchez y José Antonio Figueroa)

La vida es una caja de resonancia que en su multiplicidad y códigos simbólicos, traduce siempre una connotación social y moral, que sobrevive a la desgracia. Identificarla es oficio de historiadores y de cabalísticos designios del imponderable azar. Los sucesos ocurridos la tarde del 16 de enero de 1962 en el Parque Independencia frente al local del Comité del Distrito de la Unión Cívica Nacional, organización en ese momento apartidista  y patriótica, provocaron una crisis política de proporciones trágicas cuando una multitud delirante  pedía al Presidente Balaguer, el cumplimiento de su palabra de renunciar a la Presidencia de la República si la Organización de Estados Americanos (OEA) levantaba las sanciones económicas y políticas impuestas al país por la  Reunión de Cancilleres en San José de Costa Rica en agosto de 1960, al comprobarse la participación de Trujillo en el atentado del 24 de junio de  1960, contra el Presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt. La multitud fue ametrallada por oficiales subidos en los tanques  militares, culminando con el saldo trágico de  ocho víctimas y docenas de heridos, hecho que marcó una crisis que provocó un Golpe de Estado y una Junta Militar de efímera duración,  dando paso luego a la reposición del Consejo de Estado.  El Dr. Balaguer en una filípica memorable, días antes de la tragedia, y ante las presiones de diversos sectores, para que abandonara el Poder luego que la OEA levantó las sanciones que pesaban sobre el país, se dirigió a la nación citando una frase del ex Presidente de Colombia, Mariano Ospina Pérez, a quien se le había pedido la renuncia en circunstancias caóticas, cuando expresó: “Vale más un Presidente muerto, que un Presidente fugitivo”. Sin embargo la dinámica de los acontecimientos que se habían precipitado, llevaron al Dr. Balaguer a reconsiderar su actitud, pidiendo protección ante la Nunciatura Apostólica en el país, cuya sede colindaba con su propia residencia. Meses después, la Escuela de Bellas Artes presentó a casa llena, la obra teatral del escritor francés, Jean Paul Sartre, titulada, “Muertos sin sepultura”, obra basada en el contexto de prisioneros detenidos por las tropas alemanas durante la ocupación militar de Francia, y que fueron asesinados, dejando sus cuerpos en el patio de una escuela, al aire libre, sin ser sepultados. Esa obra también se presentó en la Universidad de Río Piedras en Puerto Rico. Y en ella actuó Narciso González. 32 años después, Narcisazo, desapareció en las calles de Santo Domingo secuestrado en una operación burda, que comprometió a la alta oficialidad militar de entonces en dicho secuestro, que permanece como una mancha oscura y tenebrosa sobre la conciencia nacional. Su voz viril y ética había denunciado la participación de jefes militares en la comisión de cuantiosas coimas, así como en el fraude electoral monstruoso, que originó una crisis política militar, que obligó a negociaciones y acuerdos, impidiendo la limpia victoria de José Francisco Peña Gómez en las urnas. ¿Quién le hubiese dicho a Narcisazo en aquellos años, que la obra de teatro, “Muertos sin sepultura”, en cuyo montaje él participaba, estaba anunciando su propia muerte, como un muerto sin sepultura, muchos años después? ¡Oh, Dios!

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