La frontera está llena de agujeros
“Esto no lo aguanta nadie, ya son demasiados (viajeros) por estos lados”, dijo Sebastián D’Óleo.

Después de tanto silencio acumulado, las poblaciones fronterizas parecen estar llegando a ver realidad sus viejos temores: Creen sus pueblos están siendo cercados, poco a poco, por una migración ilegal haitiana que empuja sin control hasta sus vecindarios.
No son voces de políticos ni aspirantes a oportunistas. Se trata de ciudadanos comunes, indiferentes a la xenofobia, la antipatía o el racismo.
Tienen miedo
La reconfiguración que observan cada día en sus comunidades urbanas y aldeas rurales se los revela con claridad.
En calles, negocios, barrios, residenciales y en todos los vecindarios fronterizos hay una masa de haitianos que sigue expandiéndose sin cesar, y siguen llegando.
Y no hay manera de parar este problema. La frontera que los separa de Haití está llena de agujeros, a distancias extensas en muchos casos.
Por estos resquicios entran, sin problemas, familias haitianas enteras que luego se asientan tierra adentro, y los más decididos se quedan en las comarcas más cercanas.
Las fuerzas de control fronterizas hacen sacrificios enormes para proteger la franja divisoria, pero la frontera es tan extensa y accidentada que no pueden abarcarla toda.
Por eso, los 25 kilómetros de verja perimetral construidos ya entre los pasos de Jimaní y Elías Piña, para controlar las oleadas de ilegales, contrabando, tráfico de armas, drogas, robo de vehículos y de ganado, tiene apoyo de los pobladores.

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