John Lennon

Un vulgar ladrón le arrebató los lentes a la estatua de `John Lennon, allá en mi Habana surrealista. Días antes, en la misma ciudad, alguien juró inocencia de censor en tiempos de censura para convencer a un dictador que poco le importaba el beatle, ni los Beatles.
Treinta años atrás, un entusiasta destruyó mi radio grabador, eco de temas de la banda, cumpliendo órdenes patrioteras, ciegas, solo por razón idiomática. Diez años después, una bala cercaba el mito del cantor y abría la temporada lunática de la celebridad.
Después de morir, John Lennon se me apareció desnudo, sentado en una nube, con ojos irrompibles. Simulaba un tema de humor contra la historia. Y me pidió que cuidara a Yoko Ono con mi propia vida.
Dictadores y asesinos de ayer hoy bajan la frente y le mienten al tiempo. Con su música, John Lennon hizo escarcha y lluvia, y con ellas inundó la intolerancia.
Fue un reto demasiado irreverente para una época irreverencial. John Lennon se burló de todos e hizo con su vida un tributo alucinado. Con los pies mojados y cabellos de hojarasca, escupió a favor de los bien agradecidos.
Por eso, allá en La Habana, sin lentes, muerto de risa en el banco de un parque húmedo y polvoriento, John Lennon es un peligro para el alma.
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