Cultura

El norte y sus encantos

Desde la explanada que rodeaba mi casa en El Alto, se veía hacia el fondo del acantilado Cabo Blanco, una caleta de pescadores formando ondulaciones entre la playa y el mar. No podía ver desde arriba sus casitas que semejaban un gigantesco Nacimiento, pero las imaginaba.

Una de mis diversiones de entonces era ponerme a la ventana a la hora del crepúsculo cuando el sol y el cielo semejaban una inmensa naranja y el astro se iba hundiendo lenta pero suavemente dentro de un mar verde azul, ah¡ cómo me encantaba estarme así, apoyada sobre el marco de la puerta-ventana, venteada ligeramente por la brisa ,con el café enfriándose a mi costado y escuchando mi música favorita, “La sombra del amor” que me traía evocaciones de mis días universitarios, los amigos, y quién sabe a quién.

Fue una de esas tardes, cómo no recordarlo si los hechos que se desencadenaron posteriormente nos marcaron a todos, en que me había acuclillado como siempre en mi puesto de sueños, esperando a Iris la amiga que vivía cerca. La hora era fresca porque empezaba junio y seguramente a esa misma hora mi madre se estaría envolviendo en su chal para escurrirse del frío limeño en nuestra casita de Pueblo Libre.

Bebía tranquilamente mi café cuando escuché el ruido de una moto muy cerca, antes de pensar en nada llegó mi pequeña Angela seguida por “Sabio” nuestro chusco perrito que ladraba hasta atorarse y Lupita, la hija de Iris: “Mamááá buscan a papááá”me gritó o creí que lo dijo.

Era una pareja joven, la verdad es que me pareció bastante extraña y traían a dos niños, uno de ellos venía en brazos de su madre, se pararon frente a mí y él sin saludarme siquiera musitó “busco al médico”, el médico no era otro que mi esposo pero aún no había llegado de la clínica de Talara, por lo que les pedí lo esperaran invitándolos a pasar sin embargo se quedaron afuera por decisión del marido. Tuve tiempo de observarlos y al hacerlo sentí escalofríos, fue una sensación rara como le comenté después a mi amiga Iris, pero ella se rió sin darle importancia, “tienes alma de poeta, amiga” me dijo. La muchacha, no tendría más de veinte años, era triste, pero de mirada muy dulce especialmente cuando miraba al marido a quién parecía adorar y temer o cuando se inclinaba sobre sus dos niños, especialmente hacia el enfermito. El padre de estos tenía un rictus hosco, huraño y desconfiado y   una mirada dura que acentuaba sus ojos hundidos; no le calculé más de treinta pero seguramente tenía menos, los dos vestían con sencillez igual que los chicos.

La hora pasaba lentamente en medio de mi extraña agitación, felizmente llegó mi esposo y más tarde Iris para llevarse a Lupita, ocasión que aproveché para desaparecer pues vi que la pareja entraba a la casa. Cuando se fueron en su motocicleta Hylux azul me sentí aliviada, pero al ver el gesto adusto de mi esposo me sobresalté. El que raramente comentaba los casos de sus enfermos me dijo que ese niño requería una atención especial pues tenía un problema cardíaco de nacimiento y había que viajar a Lima, el padre se negaba a hacerlo aduciendo su trabajo cerca de la frontera, pero además estaba la niña que era sordo muda, con razón pensé no hizo caso a las niñas cuando la llamaron para jugar.

Pasaron varias semanas desde aquél encuentro y casi lo olvidaba cuando una mañana decidí bajar en mi 4 x4 hasta Cabo Blanco para pasear junto a Angelita y “Sabio”. Al llegar detuve la camioneta junto a la pequeña iglesita. Allí estaba San Pedro y a un costado la pequeña barca con que los pescadores lo llevan en procesión por el mar el día de su fiesta. Me sentía alegre, soplaba una brisa muy fresca y me iba a sacar las sandalias para sentir el calorcillo de la arena en los pies apenas reparando en el grupo de chiquillos que corría por la playa, hasta que uno de ellos se desprendió del grupo y vino hacia mí con los brazos extendidos. Era Rafaelito, el niño enfermo del corazón, apreté sorprendida su cuerpo delgado y un mechón de cabellos cobrizos, como el de sus padres me llenó la cara, le pregunté cómo estaba y Ángela le convidó con la tarta de manzanas que habíamos llevado, rápidamente cogió el pedazo y se fue corriendo pero deteniéndose por ratos pues me figuré, estaba fatigado.

 A lo lejos divisé a su madre que se lo llevaba de la mano reprendiéndole según me pareció. Quedé pensativa mientras mi niña corría feliz con “Sabio´´ y me puse a contemplar cómo el mar extendía su continente hasta el infinito, imaginando que un día del pasado pasaron por esas aguas Naylamp y su comitiva y siglos después las naves de Pizarro  cuando escuché una risa detrás mío y al volverme sobresaltada me encontré con la mirada de un hombre joven moreno y hermoso, “No se asuste, señora” dijo mientras desenredaba una red bastante grande.-¿De dónde saldría”? – pensé comparándolo con un Orfeo negro, “no confíe mucho en las apariencias,-me dijo- en realidad no confíe en nadie, ni siquiera en sí misma”, estaba por responderle algo a su insolente plática cuando pasó con rapidez el Haylux azul y  reconocí al hombre que lo conducía ,Orfeo ,bueno algún nombre debía tener el desconocido pero ese me pareció el más adecuado,  se puso rígido y tirando con rabia su red masculló una maldición. Sin decir nada me alejé de allí sintiendo tras mí la mirada penetrante del extraño. “No me mira a mí” me escuché decir, sintiendo frío en esa cálida mañana.

Seguí deambulando con el ánimo algo dolido cuando divisé la moto que se hallaba a la puerta de una casita mas blanca que todas y como las ventanas estaban abiertas escuché las voces airadas de un hombre y el llanto de un niño, pasé lentamente mirando de soslayo lo que allí acontecía. En la cocina o lo que fuera estaban ese hombre, la joven madre que lloraba abrazando a sus hijos, el niño enfermito   suplicaba al padre prometiendo no volver a irse. Fue una escena patética y hubiera querido intervenir pero la prudencia me lo impidió, decidí regresar a casa y llamando a Angela que protestaba haciendo pucheros, subí a mi 4×4 sin pensarlo más, pues a esas alturas tenía el ánimo deshecho y un humor rabioso.

Esa noche me fue difícil conciliar el sueño invadida por una intranquilidad inexplicable, creí que se debía a las tres tazas de café cargado que tomé a la hora del lonche o por la discusión que le busqué a mi esposo pidiéndole o mejor exigiéndole  regresar  ya a Lima, él que ignoraba lo  que me ocurría estaba perplejo pues siempre alabé nuestro alejamiento de la capital, por fin debí pedirle disculpas por mi tonto comportamiento que él adujo aburrimiento y prometió llevarnos a Machala el fin de semana.

Cuando por fin me dormí tuve un sueño raro, escuchaba gritos y veía a un hombre que reía mientras otro golpeaba con algo la puerta, desperté sobresaltada pues efectivamente alguien llamaba y de pronto un grito prolongado y agudo me hizo saltar de la cama en busca de Angelita que lloraba asustada. Mi esposo también corrió y se encontró con la muchacha que conocimos echada de bruces bajo nuestra ventana y con el rostro bañado en sangre, felizmente el ingeniero Samuel, esposo de mi amiga Iris no vivía muy lejos, lo fue a buscar y entre los dos subieron a la joven madre que parecía más muerta que viva a la 4×4 para llevarla hasta la clínica de Talara, pero falleció en el trayecto.

Las horas pasaban lentas, muertas, Iris y yo o mejor más Iris que yo, limpiamos las enormes manchas de sangre y enterramos en la arena las más pequeñas. Por la tarde llegó el muchacho del pan y nos terminó de contar la trágica historia confirmando mis sospechas; en la casa yacían los cadáveres de los niños a quienes su padre había prácticamente descuartizado y él había huido al parecer hacia el Ecuador donde trabajaba. A los dos o tres días de estos hechos, se me apareció “Orfeo” negro, parecía más delgado y muy abatido y me pidió por favor escucharlo pues nosotros nos habíamos mezclado sin querer en una historia de horror y vergüenza.

En la calle Castilla, allá en Chiclayo, nos contó a Iris     a quién llamé  para que me acompañara y a mí, habitaba una casa bastante antigua y siempre con puertas y ventanas cerradas, una familia corta compuesta por un anciano minero, viudo desde joven y sus dos hijos adolescentes, Emilia y Raymundo, la servidumbre se componía por una señora bastante flaca y medio tonta, de edad mediana y un jardinero mudo que hacía todo tipo de trabajos.

“Yo vivía en Arequipa, nos dijo, pero ese año fui a pasar vacaciones donde unos tíos que deseaban les hicieran unos trabajos de diseño, ya que soy pintor profesional y fui así cómo los conocí. Todos o casi todos los días veía pasar a Emilia cuando se iba a estudiar idiomas y nos hicimos amigos, ella cursaba el tercero de secundaria en el colegio del Rosario , era delgadita y tenía un lindo cabello color cobre, además un carácter  alegre y espontáneo , lo confieso me gustaba mucho pero  por más que la invité nunca aceptó salir a ninguna fiesta ni siquiera acompañada por sus amigas pues un hermano algo mayor la tenía siempre vigilada y le había prohibido tener amistades y menos enamorado.

Un día nos encontramos por la avenida Balta y fuimos caminando hasta la plaza principal, allí le pedí que posara pues quería hacerle un boceto, aceptó a regañadientes y pude realizar el único retrato que guardo ahora, le puse la blusa roja del colegio pues le sentaba muy bien, charlamos un rato breve y quise acompañarla  pero se negó, entró corriendo a esa casa que las gentes del barrio llamaban “ de los misterios”, y desde lejos vi que la cortina del piso superior estaba corrida y alguien espiaba detrás, después no supe más de Emilia, la esperé varios días seguidos y traté de preguntar por ella a esa señora medio idiota que trabajaba con la familia, pero no me quiso ni mirar. Mi tiempo concluyó y me fui a Arequipa sin poder volver a verla nuevamente. Continué con mi vida, conocí a Isabela y empezamos una serena relación, pero a veces recordaba a esa chica.

Una noche mi tía llamó desde Chiclayo y habló con mi madre contándole de una tragedia que había sucedido allí. Emilia y su hermano Raymundo eran pareja, como lo oye, marido y mujer, y su padre lo descubrió, fue según cuentan un hecho terrible pues el buen señor echó a patadas al hijo, pero Emilia estaba embarazada y al caer la tarde se fue llevando alguna ropa y los ahorros del padre. Don Nicolás, no pudo resistirlo y cayendo en un sopor murió a los pocos días, desde entonces la casona quedó a oscuras y cerrada pues también los sirvientes desaparecieron.

¿Cómo volví a verla? Por juegos del destino. Ese año iba a volver a Chiclayo pero un amigo me invitó a Talara por un tiempo y fue una de esas tardes que caminando por Cabo Blanco la descubrí sola, sus niños jugaban en la playa recogiendo arañitas marinas, se sorprendió al verme y trató de escapar pero la enfrenté descubriendo en mí otra tragedia, estaba enamorado de ese ser imposible de alcanzar. Ella me dijo llorando que me fuera pues   estaba irremediablemente unida a su hermano, y ya nada se podía hacer. A los pocos días la vi a usted y le hablé de esa manera como advirtiéndole de que se alejara de esas gentes pero ya ve, se sucedieron los hechos de tal manera que ni siquiera sé que es lo que pasó entre ellos. ´´

A   estas alturas del relato, pensé que yo sí lo sabía y me sentí vagamente culpable, pues estaba segura de que a Raymundo no le agradó que hablara con su hijito y  menos que procurara hacerlo con la madre. En su mente enferma se veía acosado por todos, seguramente tuvo una discusión con la hermana y sabiéndose perdido pues no era posible escapar todo el tiempo, decidió asesinarlos, tal vez arrepentido a última hora y al ver que Emilia aún seguía con vida la trajo para que mi esposo salvara su vida.

Han pasado cerca de treinta años de estos hechos, ahora resido en Pueblo Libre y me dedico al negocio de empanadas a un costado de la plaza, mi esposo se jubiló pero sigue atendiendo en casa, Angela está casada y viene casi siempre a visitarnos con Alessandra ,nuestra nieta sin embargo, algunas noches cuando la luna está en el cenit y hay viento como aquella trágica en  El Alto, me asalta aún el recuerdo de esa espeluznante historia que concluyó con el suicidio de Raymundo quién no tuvo mejor idea que precipitarse con su moto desde el acantilado de El Alto, pereciendo felizmente en el acto.

Pero como siguen las extrañezas, hace   un mes recibí desde  Argentina un sobre anónimo con esta misiva: “No confíe nunca en nadie ni siquiera en sí misma  porque las apariencias por muy extrañas que parezcan son verdaderas como la sombra del amor” I envuelto en un papel muy fino, el retrato que Orfeo le había hecho a una Emilia adolescente y  que constaté con un escalofrío, era idéntico a mí a esa edad.

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