Educación

ERA, un espacio contra el trabajo infantil que promueve el desarrollo familiar

La Fundación La Merced, que apoya hace una década a niños de Las Caobas y Manoguayabo, advierte sobre los riesgos en medio de la pandemia

El sacerdote mercedario Tomás García compartía una cena navideña organizada por su capilla para unos 100 limpiabotas en el sector Las Caobas, en Santo Domingo Oeste, cuando visualizó una problemática que, para una comunidad sumida en las precariedades económicas, era algo natural. Si los niños pasaban su tiempo en las calles, lustrando zapatos para conseguir dinero, entonces, se les estaban incumpliendo sus derechos. Algo habría que hacer, pensó.

Así surge la idea de hacer algo más que darles de comer una vez al año, para lo cual se crea la Fundación La Merced, una organización religiosa sin fines de lucro que desde hace diez años lucha por sacar de las calles a los niños, niñas y adolescentes, y contribuir a la erradicación del trabajo infantil.

La fundación empezó por darle un seguimiento más seguido a esos niños e ideó las salas de tareas, a las que los menores acuden para reforzar el conocimiento del contenido educativo y tener un espacio para distraerse. La iniciativa se conoce como Espacio de Recreación y Aprendizaje (ERA).

“Cuando vimos la realidad de esos niños, vimos la necesidad urgente de tener un encuentro semanal con ellos. Empezaron a llegar, diez, luego 15, 20, hasta 35. Algunos venían sin desayunar, se mareaban. No sabían jugar, sin terminar en peleas. Y empezamos a trabajar con ellos, para que volvieran a su infancia”, cuenta el sacerdote, desde las instalaciones que tiene la fundación en Manoguayabo, a donde decidieron ir a trabajar al notar que la mayor parte de los que iban a Las Caobas provenían de Batey Bienvenido y de Hato Nuevo.

En esas comunidades, con una población de 7,000 y 12,000 habitantes, tienen una alta incidencia de pobreza por lo que se hizo frecuente que a la fundación lleguen niños y niñas dedicados a limpieza de casas, a cuidado de otros menores, que trabajan como limpiavidrios o limpiabotas o que vendían frutas, verduras o hacían de mensajeros en colmados.

El acercamiento les hizo ver a los directivos de la fundación que no eran solo los que salían a las calles a trabajar, sino que los niños tenían hermanitas que se quedaban en las casas cuidando de sus hermanos menores o limpiando.

También vieron que muchos de esos menores llegaban de familias uniparentales, casi siempre a cargo de las madres.

ERA fue ampliando su incidencia con la creación de los grupos de padres, trabajo con adolescentes y con las familias basado en tres componentes básicos: Educación, Salud y Formación-Medios de Vida.

Hoy día cuenta con los programas Salas de Tarea, Huellas a Seguir, Atrévete a llegar, Empoderados y Animadores Socioculturales, además de los servicios de salud que se ofrece a las familias.

En la actualidad apoya a 88 niños, niñas y adolescentes a los que asiste de forma directa en sus distintos programas, y a lo largo de los 10 años de funcionamiento de ERA, la cifra sube a 295 menores de unas 180 familias.

Dolores Encarnación encabeza una de esas familias. Supo de la fundación a través de su hijo que, con apenas once años de edad, salió a las calles del Batey Bienvenido a limpiar zapatos.

“Él limpiaba zapatos porque decía que necesitaba tener su propio dinero. Yo estaba casada con un hombre que no era su papá y él (su niño) sentía que era la forma de cooperar en la casa… Yo le decía que quería que estudiara, porque si empezaba a trabajar a temprana edad le iba a coger amor al dinero y el estudio lo iba a dejar de lado”, comenta Dolores, para quien el contacto con la fundación provocó un cambio en ella y en su hijo.

Dos años después de acudir a ERA, su hijo había dejado de limpiar zapatos, convencido de que esa no era su obligación. También Dolores, que antes veía como normal que el niño trabajara, se convenció de que no estaba bien, y ella misma se sumó a los trabajos de capacitación de la fundación para orientar a otras familias.

Al mismo tiempo, se animó a retomar los estudios de bachillerato que había paralizado por años, y continúo hacia la universidad donde cursó una licenciatura en Letras.

“Sin el paso por la fundación no habría llegado a la universidad, pues lo que me motivó fueron los niños y el trabajo que hacía aquí”, comenta Dolores, actual coordinadora de ERA.

“Soy un ejemplo a seguir, muchos se me acercan para preguntar cómo entrar a la fundación ellos o sus niños. Se imparten talleres y siempre vienen buscando espacio donde superarse y aprender”.

Nanyeli Mena Michelle, de 19 años de edad, entró al centro cuando tenía 13 para cursar un ciclo de enseñanza de inglés. Para entonces, su situación familiar era un tanto difícil, pues no estaba a gusto con el trato que recibía de su padre. Según cuenta, había pensado en la opción de abandonar la casa, pero salió embarazada antes de eso, cuando apenas tenía 15 años.

Se casó y ahora es madre de un niño, al que mantiene gracias a las habilidades adquiridas en los cursos de Empoderados a los que ha asistido en la fundación, y de los que –dice– no habría logrado hacer sin esta ayuda, pues sus padres no tendrían con qué pagarlos, y tampoco le habrían dado importancia.

“Esto me ha ayudado mucho, pues aquí he hecho varios cursos técnicos, me especialicé en repostería. Hago bizcocho que vendo por la casa. También hago bocadillos, hice un curso de emprendedurismo, hago decoración y ahora hago un voluntariado de tres meses aquí (en la fundación)”.

Aunque la joven vive con su esposo, el hombre no tiene un trabajo fijo, por lo que se gana el sustento como jornalero en alguna actividad que le requieran, aunque de forma esporádica.

A través de los cursos de formación que se ofrecen en Empoderados, 176 adolescentes han sido capacitados, y de éstos, 70 pasaron por ERA, según datos que aporta La Merced.

El COVID-19 aumentó los riesgos

Como ocurrió en todo el mundo, las actividades de Fundación La Merced se vieron impactadas por la pandemia del COVID-19 que sigue castigando a la humanidad con sus millones de contagios y cientos de miles de muertes.

Alberto Jiménez, coordinador de proyectos de la Fundación, comenta que debido a la situación sanitaria, ya no se pudo dar el seguimiento presencial diario a los niños, y el acompañamiento debió hacerse de manera virtual.

“En los últimos meses, se está retomando la educación presencial en ERA (ante la necesidad y la petición de los menores y sus familias, con su debido consentimiento expreso). Se implementa con extremada atención y cuidado, en grupos reducidos, en espacios bien ventilados y con las medidas pertinentes de distanciamiento, protección e higiene”.

Pero la crisis también forzó a la búsqueda de mayores recursos para seguir la asistencia con alimentos que ofrecen a unas 500 familias en las tres zonas de impacto de la fundación. Han entregado unos 5,543 kits de alimentos, 4,840 de productos de higiene y unas 2,960 mascarillas. Adicional han distribuido unos 800 kilts de materiales educativos entre unos 100 niños, niñas y adolescentes de la comunidad.

Jiménez comenta también la asistencia en materia psicológica que se da tanto a menores como a sus familiares.

El esfuerzo, sin embargo, requiere de más apoyo en una organización que sobrevive de las ayudas que recibe, de los sectores público y privado.

Como comenta el Padre García, el miedo a la pandemia les ha hecho perder caminos que habían avanzado, aumentando el riesgo de que los niños vuelvan a las calles, debido en parte a la disminución de los ingresos y a que se ha perdido parte del acompañamiento presencial. Por eso, insiste en que se puedan buscar alternativas para que algunos niños y niñas puedan regresar a la docencia de forma presencial.

“No podemos decir que solo sea lo virtual, pues eso en determinados contextos, quizás no sea lo adecuado. Y la llamada es en ese sentido, a revisar y ver qué situaciones tenemos, que veamos donde lo virtual no se adapta. Echar la mirada y priorizar, temas de salud, pero también de niñez y adolescencia”.

“Tenemos que procurar que nuestros niños se preparen pues eso los ayuda a su desarrollo, no solo económico sino humano”, reitera el sacerdote.

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