Cultura

Miquel Barceló: metamorfosis de un “bicho raro”

El artista muestra en el Museo Picasso de Málaga su obra reciente. ”Es la exposición más intensa que he realizado”, asegura

La primera vez que Miquel Barceló (Felanitx, 64 años) visitó París recorrió la ciudad buscando la huella de Picasso. Había apuntado en una libreta las direcciones de los talleres del artista y se subió al metro para acercarse a ellos. No pudo entrar, pero no importaba. Quiso saber qué se veía desde las ventanas, conocer los bares cercanos, las panaderías, el ambiente. “Había algo ahí”, recuerda el mallorquín. Cuenta que Tintoretto y Jackson Pollock son sus artistas favoritos, como Picasso, quien ha ejercido de modelo para él, tanto estético, como en su forma de estar en el mundo. Quizá por eso este lunes por la mañana se movía ágil, feliz, animado, dicharachero, entre el centenar de obras que se exponen en el Museo Picasso Málaga. La muestra, Miquel Barceló. Metamorfosis, comisariada por Enrique Juncosa, incluye obras inéditas y se podrá visitar hasta el próximo septiembre. A corto plazo, eso sí, la crisis sanitaria puede acabar clausurando temporalmente las salas.

“Es raro trabajar para que pueda venir tan poca gente, pero lo importante es estar”, subraya Barceló en una charla con EL PAÍS en un aula llena de pinceles, botes y pinturas. A ella pretende volver, en verano, a ofrecer talleres de cerámica. “Podríamos empezar ya”, señala divertido, aunque dice echar de menos las sesiones que realiza junto a niños con discapacidad en su Mallorca natal. El coronavirus le ha impedido continuar con sus frecuentes viajes y ha frenado algunas muestras —la de Málaga estaba prevista para febrero de 2020— pero también le ha permitido mantener su alta productividad. “Uno busca estar solo y, de alguna manera, el confinamiento vino a mí”, afirma. “Para un pintor, como para un escritor o poeta, encerrarse es fácil. Lo angustioso es ver a tanta gente sufrir”, añade.

Cuando todos estábamos en casa, en los meses de marzo y abril del año pasado, nacieron algunas de las obras de esta exposición. De gran formato, muestran a unos peces intentando salir del agua, y del propio lienzo, en relieve, a respirar. “Reflejan esos momentos de asfixia”, explica el artista. La muestra, que ha ido mutando con la propia pandemia, funciona casi como un desafío a las autoridades que recomiendan confinamientos voluntarios a la población mientras mantienen la hostelería, el comercio o los propios museos abiertos. “Está bien saber que tienes esta ventana, que puedes ver la obra con calma y poca gente”, apunta, “pero cuando hay que quedarse en casa, soy partidario de hacerlo”. “Yo no obedezco a los políticos. A los médicos y científicos, sí. Son cosas diferentes”, puntualiza.

Acuarelas, pinturas y esculturas conforman el grueso de la exposición, que recoge obras realizadas desde 2015 hasta 2020. La abre, o la cierra, un autorretrato resultado de arañar el hollín en un viejo lienzo. Esa oscuridad da paso a una luminosa paleta de colores. “Es la exposición más intensa que he realizado”, confiesa. Azules, amarillos y magentas predominan en las acuarelas, como las que conforman la serie que sirvió para ilustrar La transformación, obra de Franz Kafka que ha ilustrado para Gallimard (publicada en España por Galaxia Gutenberg). Barceló cree que ese libro, editado en 1915, fue premonitorio de lo que ocurriría en la Europa del siglo XX y que la modernidad estaba en el lenguaje, en jugar a lo que no es, como ocurría en otra obra que le marcó: Impresiones de África, de Raymond Roussel, donde el engaño partía del propio título. “Es lo mismo que hago yo: uso pigmentos, el propio clima, los accidentes… para crear pintura, donde nada es lo que parece”. Es esa ambigüedad, dice, la que hace reconocible a su obra sea cual sea, ya sean los Tótemsexpuestos en Málaga a los plenilunios nocturnos que les acompañan en la sala contigua: “Toda mi obra es una pura digresión”, afirma. “He tenido siempre libertad absoluta para hacer cualquier cosa, me lo he ganado”.

Barceló considera que él mismo, como Gregor Samsa, se siente un bicho raro. “Es lo que mantengo de mi yo de 15 años: esa sensación de angustia vital, de inquietud, que a la vez es un motor que me hace ir al taller todos los días. Es gozoso porque siempre ocurren cosas”. Esas cosas se traducen en una ingente producción que le ha permitido exponer en el Louvre o en el Museo Picasso de París o diseñar la cúpula de la Sala de los Derechos Humanos de la ONU. Pero también en una obra hasta ahora invisible, la de sus cuadernos de viaje que le acompañan allá donde va. En ellos no hay retratos ni paisajes. Sí sensaciones, vivencias de sus viajes al Himalaya o La India o su taller de París. Seis de esos cuadernos también se exponen en Málaga, aunque el artista dice que tiene unos 300, con acuarelas y escritos, de los que se ha autoimpuesto no vender ni una sola página. “Son intocables. Los considero como una sola obra en la que llevo 50 años trabajando, lo he ido vislumbrando poco a poco”, subraya Barceló, que tiene más dudas sobre la manera en que los reproducirá: “Alguna forma habrá para que se puedan hojear sin tocarlos”. De momento, toca ir a la Costa del Sol para verlos.

 

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