Opinión

¿Qué culpa tienen los franceses?

Por Adrian Armando Sánchez Del Cristo

Según la Enciclopedia de Filosofía de Stanford, la región que más remanentes históricos (sociales, culturales, antropológicos) tiene de la Revolución Francesa somos nosotros: Los latinos.

Esto, no es menos que cierto, la pasión por la compasión, la virtud por ser declarado pobre; y por, excusarnos en nuestro clasismo, escudándonos a un presunto clasismo mayor: La aceptación e integración del menos premiado a nuestra sociedad. Quien lo entiende como lo que es, un ente social al igual que nosotros, no le aísla; mientras, aquel que se queja, en que el más pudiente lo acepte, lo excomulga de lo que por gracia se le ha concedido (la comunidad), y mal nombra a la libre asociación de abuso, por dentro, haciéndose las mismas preguntas, de lo que siempre ocultó:”¿Por qué no yo? Yo lo haría mejor”.

Se nos ha transmitido la madame déficit al Estado, y los grandes peinados son las reformas fiscales anuales. El sarcasmo y la burla de nosotros mismos, desde una índole caricaturesca.

Pedimos ayuda a Dios, tal cual los jóvenes reyes llegados a Versalles. El sentimiento de aniquilar la intelectualidad, y sospechar sobre aquel que dice lo cierto en tiempos de blasfemia.

Aquí, tal cual en la “revolución”, ni el clero ni la nobleza pagan, y la lucha comienza desde las clases; se nos cercena el encuentro de la plática, y hoy la milicia no es el populacho, pero es popular, por la represión de a quién se quiere reprimir también.

Es incierto lo que ha dicho Marx, sino hubiese sido en los hombros de la gente, la mal llamada revolución (que en realidad es masacre) no fue burguesa.

Se ha tomado la Bastilla, pero en vez de lo simbólico, se ha ido a lo semántico, porque se ha tomado el bastión. Nuestras picas son las súplicas de un pueblo que no discierne su herencia, mal tramada y que quieren demoler lo que significa poder real (de reyes, o de súbditos).
No pensamos en eliminar la maldad, pero volvemos al tiempo de la barbarie (legitimándole).

Pero, aquí no se tiene el “coraje” para pedir a los reyes, o a detenerlos por traición al escapar, ni sentenciamos a nadie (ni por los extremos ni en los retirados tampoco). Ser el Burke de esta época, recurre el hecho de que los whigs de tu entorno te tengan en detrimento.

Queremos ser iguales, pero no sabemos que somos igual de miserables. En un palacio de cráneos, y batallamos con lo de afuera, cuando obviamos la mayor batalla: La de adentro.

Por temor a que se rebele, se calla a aquel que calló a otros. Y tenemos a un Marat, que incita no a la muerte, más sí a la inconsciencia descomunal. No tenemos santos de la revolución, pero sabemos a quién rezar y a quién rendir culto.

Se purga a quién forma parte de lo que tú eres hoy, y comienza la distribución de la exigüidad. Se intenta revertir el orden (no establecido, sino, más bien, aceptado y construido a partir de voluntad), el calendario ya no nos recuerda cuándo comulgar y el tiempo se detiene y se empieza a contar desde lo que recordamos, que no es precisamente lo cierto.

Se nos lleva en un camión, vacío, y se postula que El Terror (sea el período francés o no). Saturno devora a su propio hijo, así como el Estado pretende hacer con la Patria.

Todo acordado a la Revolución, de lo contrario, existe silencio. Robespierre sigue vivo, y la guillotina resulta mejor porque es indolora.

Esto solo demuestra una cosa, la dualidad del hombre ante sus dilemas. Esperemos y creamos en una Revolución Milagrosa, antes que en una masacre de inconformidad.

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